Me maravillo, me sorprendo, me vislumbro viendo, sintiendo en carne propia, el miedo de las personas. Esa mirada que se tuerce en los límites del sentirlo todo. Esa coraza dura como el mismísimo diamante que cual cáscara protege el interior de la fruta.
En estos tiempos, de sombras y agujeros, parece ser siempre una mejor opción taparse los ojos, antes de abrir los poros de la piel y dejar entrar a la vida que danza en forma de sucesos, personas y sentimientos.
Él abrió su cuerpo y la dejó entrar. Jamás preguntó nada y siempre habló con el corazón en la palma de sus manos. Ella no pudo con su terror y jamás le creyó. Jamás entendió lo adicto a la sinceridad que era su compañero, y se encerró en su pequeño cuerpo. Ella necesitaba amor, atención y afecto. El ciegamente lo daba todo. Ella no lo creyó capaz de hacerlo, y miró a un lado. Su inseguridad no la dejó ver, que para él, ella era algo, y no algo... más. Él, por querer verlo todo, perdió su mirada en lo infinito de la nada. Por no querer perder nada, se perdió a si mismo y en sí mismo. Ella jamás lo entendió.
Ella abrió su cuerpo y lo dejó entrar. Él era carne fresca para su vida, manjar del paladar, adicción a los sentimientos nuevos. Ella lo conoció ya lastimado y lastimada supo curarlo de a poco. Curarse. Con el tiempo ella dejó su cuerpo y de ser ella, se transformó en ella y él. El tiempo pasó, el tiempo voló. Él pintó el cielo. Ella lo coloreó de estrellas. Su entrega enseñó y mostró el camino. Y con naturalidad viajaron. Juntos recorrieron el camino alimentándose de nubes en buenos aires.
Atraviésame con la mirada, y descubrirás hasta la última molécula de tu propio cuerpo florecer.
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